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Sobre la inmensidad azul turquesa del Océano Pacifico, a 3500 kilómetros al oeste de Chile y a más de 2000 kilómetros del archipiélago Pitcairn, en la Polinesia, un pequeño triángulo de tierra de origen volcánico flota sobre las aguas. Es la Isla de Pascua, nuestro destino.
Se considera uno de los lugares más aislados y enigmáticos del planeta, famoso por sus Moais, esculturas hieráticas talladas en la ladera de un volcán y llevadas hasta los altares o Ahu, de sus costas, desde donde miran al interior de la isla, dando la espalda al mar. La isla es conocida como “Te pito o te henua”, que viene a significar "El ombligo del mundo" o también como “Mata ki te rangi”, que se podría traducir como "Ojos que miran al cielo". Hoy en día los isleños la denominan “Rapa-Nui”.
Las 5 horas de vuelo desde Santiago de Chile nos permiten dar un repaso a los datos históricos que envuelven a este interesante lugar. Alrededor del año 400 después de Cristo se sitúa la llegada de sus primeros habitantes. Polinesios de las islas Marquesas navegando en sus canoas o “vakas” arribaron a sus costas procedentes del oeste, desde las actuales islas de la Sociedad.

No sería hasta el año 1722 cuando los primeros europeos pisaron la isla. El holandés Jacob Teggeveen la descubrió para occidente un mes de abril, en domingo de Pascua de Resurrección, dándole el nombre con el que ha llegado a nuestros días. Sería en 1770 cuando España tomaría posesión con Felipe González de Haedo en nombre del rey Carlos III, llamándole San Carlos y trazando el primer mapa de la isla. Fue española hasta 1863. Chile la incorporó a su territorio en 1888, y aunque la historia no ha sido escrita, otro español, Jesús Conte, oscense natural de Abiego por más señas, ha sido uno de los salvadores del Rapanui, la lengua nativa que se remonta en los tiempos y que casi agonizando fue rescatada por él, creando un diccionario etimológico y gramáticas. Gracias a su labor de 15 largos años, el rapanui no sólo se habla, sino que se puede estudiar. Los niños lo hablan hasta llegar a la escuela, donde aprenden español, su segunda lengua. El consejo de ancianos de la isla tiene pendiente dedicarle un homenaje a este gran erudito, fallecido en 2005 en Santiago de Chile, y con una vida tan enigmática como las estatuas que estudiaba. Al final de sus días hablaba y escribía 19 lenguas y se cree que pudo descifrar el conocido como enigma “rongo-rongo”, la primitiva escritura rapanui que sigue siendo un misterio para los investigadores. Tal vez el secretismo sobre los cientos y cientos de apuntes y papeles que dejó en su austera habitación de Hanga-Roa, la capital, se desvelen algún día.
Ya próximos a aterrizar, poco ves en este puntito de color que destaca sobre un mar infinito, pero se adivina una geografía de relieves suaves. Su aeropuerto, el Aeropuerto Internacional Mataveri, es poco más que una larga pista, una minúscula torre y una pequeña terminal que tras sus cristaleras deja adivinar un cielo azul y una vegetación de un verde esmeralda salpicado de colores, como los collares de preciosas flores con los que los lugareños reciben con una cálida bienvenida a los viajeros, bienvenida que entre los paisanos se multiplica con floridas coronas. La única conexión con el mundo es este vuelo que se repite 4 días a la semana, para turistas y autóctonos, con vivieres y materiales necesarios para su subsistencia. Dos veces por semana el vuelo continúa hasta Papetee así que este es una buena escala para llegar a la paradisiaca Polinesia Francesa. Si los vuelos llegan por la noche, el apagón en la isla es seguro, ya que toda la energía va para las pistas. Estos largos cortes de luz son casi diarios y es uno de los problemas más importante a los que se enfrentan los pascuenses ya que el aumento de la población y del turismo, con la creación de hoteles y negocios que ello conlleva, hace que el consumo eléctrico se dispare y que los tres grupos electrógenos, uno de ellos casi siempre estropeado, con los que la isla se abastece de energía eléctrica, no den abasto para todos. Las pérdidas en los negocios y en la calidad de vida se resienten...
No hay muchas posibilidades de equivocarse sobre el camino a seguir en la isla, eso se descubre saliendo del aeropuerto, en el mismo Hanga-Roa, la capital y único núcleo de población. Una agradable brisa nos envuelve, estamos en zona subtropical, en un clima casi perfecto, la carretera que atraviesa la isla nos ofrece un espectáculo fascinante, el mar embravecido a un lado, empujando con fuerza, cubriendo de crestas espumosas enormes piedras de lava, blanco sobre negro. Al otro lado, la vegetación, rodeando pequeñas casitas salpicadas de rojos hibiscos, densa, fuerte, envolvente. Isleños de andares cadenciosos, escasos coches, 2 ó 3 bicis y alguna moto. Caminos de tierra rojizos se dejan vislumbrar a ambos lados, amurallados de verdor, a medida que nos adentramos en la “ciudad”: son sus calles. El conjunto ejerce cierta fascinación.
Tras un reparador descanso decidimos iniciarnos en la gastronomía isleña. Los restaurantes no faltan, considerando que aquí no existe el turismo de masas. Escogemos al azar entre 3 ó 4 recomendados por el personal del hotel donde nos alojamos, y probamos pescado, claro, típico de la isla, por ejemplo el “rape-rape”, parecido a la langosta pero más pequeño y con unas pinzas más anchas, todo aderezado con salsas de coco, naranja y especias. Una delicia. A lo largo de nuestra estancia descubriremos que no importa el restaurante, la carta o el menú, se toma el pescado que ese día traen los pescadores que salen a mar abierto en pequeños botes y que por la tarde están amarrados en una pequeña ensenada rodeada de moais que hace las veces del único puerto de la isla. Sin embargo, su calado es tan escaso que sólo pueden amarrar barcas pequeñas. Por esta razón, casi todo llega a la isla por avión: vehículos, material de construcción, alimentos, etc. y solamente algunos grandes barcos son descargados con la ayuda de otros más pequeños que llevan la mercancía a la costa. Desgraciadamente los habitantes de la isla han visto dificultada la posibilidad de traerse cosas desde el continente ya que hace unos meses abrió en la isla un hotel de superlujo que ha monopolizado la carga de los aviones, sobre todo con alimentos frescos, lo que ha provocado también una fuerte subida de los precios. Hay que recordar que a diferencia de los que ocurre en España con los habitantes de las islas, los isleños pascuenses no tienen ningún tipo de subvención en billetes de avión.
Los Moais

¡Qué impresión!, apenas paseas unos metros los tienes delante. Aquello que hace pocas décadas eran remotos enigmas, hoy esta frente a tus ojos, y tienes que abrirlos y cerrarlos varias veces para sentirlo realidad.
Desde cualquier punto se divisa un paisaje ondulado, infinito, silencioso, verde. El cielo y el mar son los compañeros del viajero, bajo la alargada sombra de las enormes esculturas, algunas muy deterioradas, pero siempre imponentes. En la isla de Pascua el pasado es el presente, estas estatuas siguen poseyendo esta tierra. Cada pocos cientos de metros encontramos moais, de tolva volcánica, la mayoría sobre su respectivo altar de piedras o Ahu, algunos como el de Tongariki, con un moai que mide 14 metros, incluido su Pukao o sombrero de lava rojiza extraída del volcán Puna Pao. El conjunto se completa con 15 moais más sobre una plataforma central de unos 100 metros, al lado del mar, y otros algo más apartados. Las esculturas representan imágenes de medio cuerpo, algunas de ellas con inscripciones, y su rasgo principal son sus largos lóbulos de las orejas, nariz larga, labios finos y mentón prominente. Sólo uno de ellos con ojos, ¡qué impresión! Para la construcción de estos espectaculares esculturas utilizaron como cantera tres volcanes de la isla, principalmente, el Rano Rakaru, con basalto y obsidiana para cortar.
Los Ahu se cree que son enterramientos y existen unos 260 en toda la isla. Están formados por un largo muro, dividido en 3 partes. La central en forma de terraza es donde están colocados los moais que representan los ancestros más importantes de cada linaje. Algunos de estos Ahu tienen forma ovalada asemejando el cascarón de un barco. La zona de los ahu sigue siendo sagrada, y está estrictamente prohibido subirse en él o incluso pisarlo, ¡ojo! al hacer las fotos, se enfadan muchísimo si te ven los lugareños. Aunque estéis solos, por respeto no se debe pisar. Según la historia, delante de estos altares se extendía una plaza donde celebraban sus ceremonias. En torno a ésta se montaban las casas colectivas, de planta oval, con muros de piedra cubiertos de madera y hierba, otras en cambio se cubrían con losas de piedra, como en la sagrada aldea de Orongo, en el que se cree último centro de culto de la isla. En la actualidad se puede visitar una reconstrucción de esta aldea ceremonial, sobre el cono del volcán Rano Kau, de 400 metros de altura, junto a petroglifos que simbolizan el culto al hombre pájaro. La tradición cuenta que era un ciclo anual de ceremonias, culminado con la elección del “Tangata-Maru”, el nuevo rey por un año. La finalidad del ritual era obtener el primer huevo del manutara, una gaviota de la isla, para ello los representantes de todos los linajes nadaban hasta el islote de Motu, donde esperaban al ave. Una vez obtenido el huevo, debían volver a nado, subir los acantilados con el huevo intacto y una vez arriba, entregárselo al Rey. El ganador de esta prueba, gozaba junto a su familia de un gran poder durante el siguiente año.
En el extremo meridional de la isla, apoyada en los petroglifos, que representan a dioses, y desde el borde de la caldera del volcán con fondo de aguas verdosas y viendo el acantilado que cae abrupto al océano, con ese oleaje aterrador, el islote se ve inaccesible, sin contar con los tiburones que habitan esta agua. Una siente un vértigo de infarto pensando en esta historia mitad real, mitad leyenda.
Para calmar emociones seguimos nuestro recorrido por la única vía posible, bacheada por las lluvias y el poco mantenimiento, y siempre respetando el máximo de velocidad marcada en 60 km/h. Para llegar al otro extremo de la isla, Anakena, una de las escasas playas de arenas de origen coralino, blanquísimas, en la costa norte, atravesamos el único arbolado denso de la isla, donde se encuentran escondidos los cobertizos de la más antigua hacienda que aun queda en pie. Al llegar, rodeando los escasos metros de arena que cubre pequeños montículos en una acogedora ensenada, nos recibe un pequeño palmeral con suelo tapizado de verde, salpicado de mesas de picnic y alguna familia con “chiringuito” y puestos de artesanía local. Es domingo y el planeta Tierra ya no parece tan grande al igualarse las costumbres. Un altar de 5 moais completos y otros dos destruidos, preside al lugar y otro ahu, más lateral en lo alto de una pequeña colina domina el conjunto. Al ser festivo algunas familias disfrutan del mar y nosotros desde una pequeña plataforma de madera, admiramos sus aguas cristalinas que aquí llegan más mansas, juguetonas, e invitan a nadar. Al fondo, casi en el horizonte, observamos, con la boca abierta, el paso de una enorme ballena.
Para visitar la isla podemos alquilar un coche, una moto o incluso, si disponemos de más tiempo, se puede recorrer en bici o andando. Recordemos que la isla tiene apenas 21 x 11 kilómetros, su perímetro es de unos 55, y su cima más alta es un volcán de 500 metros. Para visitar con tranquilidad muchos de los 800 moais que se reparten por toda la isla, nos bastarán dos o tres días, además como hay poco turismo los podremos ver casi en absoluta soledad. De este casi millar de moais, 288 están sobre algún Ahu y en la cantera de Rano Raraku podemos ver 397, la mayoría de ellos inacabados. Hay otros 110 dispersos por la isla y algunos pocos en museos del mundo como el British Museum de Londres. Tras ver las cifras parece imposible pensar que todos cupieran en este pequeño espacio de tierra y desde luego no creo haberlos visto todos, ya que muchos están en zonas de acceso complicado por estar los caminos en malas condiciones o estar situados en la zona costera al lado de acantilados. El moai más grande está en la cantera de Rano Raraku y es llamado “el gigante” por sus más de 21 metros y un peso de unas 180 toneladas aunque no llegó a terminarse. Uno de los misterios más curiosos sobre los moais es averiguar porque hay tantos, casi la mitad de los existentes, a medio acabar o volcados a lo largo de la ladera de este volcán.
Excepto en Ahu-Akivi, todos los moais miran al interior de la isla, dando la espalda al mar y nos hablan de la importancia de sus ancestros y linaje. Se cree que los 6 de Ahu Akivi representan los conquistadores de la isla.
Los caballos invaden a menudo la carretera y salen de cualquier recodo, se ven por todos lados, montados y pastando apaciblemente sobre prados y suaves colinas, en preciosas estampas campestres, a menudo junto a vacas, cerdos y gallinas, en un verde que parece recién lavado, justificado cuando la lluvia cae repentina y caudalosa, casi diaria, tras el mediodía o al anochecer.
El paseo por las faldas del volcán-cantera Rano Raraku, es un sueño hecho realidad sobre todo al atardecer cuando los escasos turistas se han ido. Esas fotos de National Geographic, los reportajes de Miguel de la Cuadra Salcedo… y yo sentada sobre piedras milenarias, coronando un volcán, en medio del Océano y rodeada de moais hasta donde alcanza la vista. Es difícil describir esas emociones, ese sentimiento de incredulidad y felicidad.
El domingo hay algo que no debe perderse un viajero de visita en Hanga-Roa: la misa de las 9 de la mañana. Es un encuentro social, no están los 4000 habitantes de la isla, pero si una buena representación. Rito católico, mitad en español, mitad en rapa-nui, mujeres de rasgos polinesios con flores en el pelo, que aún recuerdan el único barco anual que llegaba a la isla en los años 60, antes de que el aeropuerto construido en los 70 pasara a traer vuelos 2 veces por semana. Chaquetas sobre los hombros y actitudes respetuosas, participativas, aún en medio del parloteo del grupo de turistas. Es curioso observar la vida tranquila de estas gentes ajenas al turismo. Casi ninguno de los isleños te molesta intentado venderte o pedirte algo. Si quieres comprar artesanía puedes hacerlo todos los días en el mercadillo cubierto situado enfrente de la Municipalidad de Hanga Roa.
También merece la pena una visita el pequeño museo local. El Museo Antropológico P. Sebastián Englert, que está situado en la parte alta de la capital y con vistas al océano y a la plataforma ceremonial de Ahu Tahai, nos permite conocer algo más de la cultura rapanui, además de contar con alguna curiosidades como el “ojo” del moai que se encontró en el Ahu Nau-Nau. Se trata del único ejemplar original de ojo que ha llegado hasta nosotros ya que el resto de los se pueden ver en la isla son copias que se colocaron durante su restauración. La parte blanca del ojo está hecha de coral blanco y el iris está tallado en escoria rojiza de origen volcánico aunque se cree que también podían estar realizados en obsidiana. Su hallazgo supuso la confirmación de que los moais tenían ojos y que estos eran colocados una vez el moai estaba ya sobre su ahu.
En estos días de febrero ha tenido lugar el festival Tapati, la mayor celebración de los rapanui. Suele empezar la primera semana de febrero y dura 10 días. Se realizan ceremonias ancestrales como por ejemplo la competencia Takona o tatuajes, a los que son tan aficionados todos los polinesios, o el descenso a gran velocidad por una colina de jóvenes sobre troncos de plátanos o Haka Pei, así como la elección de la reina de la isla.
Pasear, sentarse al borde del acantilado a ver romper las olas esperando la puesta de sol, y mirar con asombro desde la aldea Orongo, el efecto óptico de la curvatura de la esfera terrestre en el horizonte de ese océano inmenso, hace que te frotes los ojos, los cierres y al abrirlos de nuevo vislumbras esa ligera línea curvada, donde termina el agua…Una sonrisa aflora en los labios, el silencio, el infinito, el viento y el mar… El sol recorre muy rápido su último tramo y las sombras lo cubren todo, es hora de encender las velas y disfrutar de las danzas típicas que un grupo de aficionados de la isla ofrece en un local del centro. La luz, un día más, será la débil y tenue llama, pero no molesta, porque en la Isla de Pascua, una cena obligada a la luz de las velas, es el perfecto final para unos días de sueños hechos realidad.
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Etiopia es, sin duda, uno de los países más interesantes de África. Su historia, sus etnias, su religión y sus costumbres son, posiblemente, una de las más curiosas del continente negro.Etiquetas: Celebraciones, Etiopía, Noticias de AFRICA
Según informa la agencia EFE, Siria está intentando recuperar una línea férrea que unía este país con Jordania y La Meca y Medina en Arabia Saudí. Esta infraestructura de más de 1300 kilómetros y pensada para facilitar la llegada de peregrinos a los lugares santos del Islam, fue terminada a comienzos del siglo XX pero la primera Guerra Mundial dejó fuera de juego a este tren. Curiosamente el famoso Lawrence de Arabia fue uno de los primero en dinamitar parte del trayecto.Etiquetas: Arabia Saudi, Jordania, Siria, Transportes, Tren, Yemen

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Cuando el comienzo de un viaje se acerca, no esta mal saber que problemas podemos encontrarnos allí adonde nos dirigimos. Desde Hungría nos llega esta página. Es un servicio de alerta llamado "Emergency and Disaster Information Service". Aquí podremos estar informados de todo tipo de desastres naturales como huracanes, inundaciones, terremotos, etc en tiempo real. También informa de alertas sanitarias y otros tipos de emergencias. También nos permite localizar las zonas gracias a Google Earth. Además te puedes subscribir para que te manden a tu correo electrónico avisos urgentes.Etiquetas: Datos Practicos, Naturaleza, Salud Viajera

cuentran. Es la ley de la selva.
de los animales que se nos podían aparecer. Tener un susto como el que tuvieron Virginia y Rayane cuando se les cruzó una jiboia (serpiente) por el camino, era algo de lo más habitual. Nadie estaba a salvo de alguna mordedura. De regreso del baño matutino, el estupendo olor del caldero de la señora Sebastiana despertaba siempre nuestro apetito. A pesar de que el segundo día nos acercamos hasta una aldea cercana para comprar comida y la despensa se había llenado con algo más de lo esperado, todo cuanto había se debía racionar. Tanto fue así, que de comer caldereta de tambaquí o estofado de gallina, los últimos días nos tuvimos que conformar con huevos, bolacha (galletas de harina y agua) y poco más. Mal asunto. El día que no había demasiada chicha para comer, se compensaba con más arroz o con más harina de mandioca. Esporádicamente los fideos podían sustituir al arroz, pero la harina era insustituible ya que aportaba gran cantidad de hidratos de carbono y era muy barata. La fruta se racionaba de igual manera y pese a estar rodeados de frutas que nunca antes habíamos visto como el açaí o el cupuaçú, lo que más deleitaba a los críos era una buena banana después de las comidas. “¿Y los patos y las gallinas?” Nos preguntábamos, “¿No se los comen?”. Pues no. Al parecer les dolía en el alma tener que matar los animales que habían visto crecer. Como mucho los vendían vivos o los cambiaban por otros alimentos. Preferían comer arroz y harina a secas antes que matar un pollo. 

La palabra tibetana Shoton significa, literalmente “banquete de yogurt”. Desde sus orígenes allá por el siglo XI, durante la celebración del Festival Shoton, los peregrinos ofrecían yogurt a los monjes y monjas cuando estos terminaban sus retiros para meditar al final del verano.
Si los chinos te dejan y tienes la oportunidad de estar en Tibet a finales de mes, podrás disfrutar de la cultura tibetana. Podremos ver carreras de caballos, música y bailes tradicionales tibetanos, etc. Aunque sin duda el momento más impresionante es cuando se despliega un enorme thangka de 35 metros de largo en la ladera del Monasterio de Drepung, a unos 8 kilómetros de Lhasa.
Este año el Festival de Shoton comienza el 30 de agosto y finaliza el 5 de septiembre .
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r su régimen de gobierno y sus consecuencias.
dos calles de casas coloniales que hablan del pasado, con playas bonitas, y restaurantes con todo tipo de pescados.Etiquetas: AFRICA, Guinea Ecuatorial
El diario británico The Guardian, informa que el alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, en su cruzada contra los atascos que ralentizan su ciudad ha decidido crear un corredor libre de vehículos entre el puente de Brooklyn, el Upper East Side y Central Park. Bajo el título de "Summer Streets" y durante tres sábados del próximo mes de agosto, 9, 16 y 23 y de 7 de la mañana a la 1 de la tarde parte del caótico centro de NYC será para los peatones. Entre las avenidas cortadas al tráfico estará Park Avenue hasta la calle 72, parte de la Cuarta Avenida, Lafayette Street y el Centre Street para enlazar con el carril bici que cruza el famoso Puente de Brooklyn. A lo largo de esta ruta se dejara agua, habrá instalaciones para el alquiler y reparación de bicicletas, así como la posibilidad de practicar danza y yoga. La idea se ha inspirado en el exitoso Ciclovía puesto en marcha en la capital colombiana, Bogotá. El ejemplo de Bogotá ha generado una serie de imitaciones en varias ciudades de EE.UU. como El Paso, Cambridge, Chicago o Portland.Etiquetas: Nueva York, USA
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Hace unos días el periódico EL PAIS, informaba del proyecto del gobierno de Lula da Silva de restringir la entrada de extranjeros, incluidos turistas, a la cuenca del Amazonas, incluso a su capital, la turística Manaos.Etiquetas: Amazonas, Brasil, Naturaleza, Noticias de AMERICA, Pueblos de la Tierra





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Desde aquí se pueden realizar varios trekking con diferente duración. Debido a la complejidad orográfica de la zona y la nula señalización de las rutas es necesario contratar los servicios de un guía y algún porteador que sepan moverse por estos senderos tan inestables y empinados. Yo como tampoco tenía intención de sufrir más de lo necesario para disfrutar de unos paisajes increíbles decidí hacer el más corto, de tres días. Los hay de muchos más días pero están pensados para gente muy aficionada al senderismo o a estudiosos que buscan tribus poco contactadas. Nos esperaban angostos valles con paredes casi infranqueables, profundos cañones y un clima lluvioso y húmedo que supuso una prueba de fuego para la electrónica de nuestras máquina de fotos. Durante los días que pasamos en el valle del río Baliem visitamos varios poblados situados a algunas horas andando de Wamena. Cruzando varios ríos de aguas salvajes, por los aparentemente poco seguros puentes de madera y lianas, llegando a lugares como Tagma o Ibiroma enclavados en el fondo de abruptos valles o en lo alto de frondosas montañas. En estos poblados, de unas pocas chozas con su correspondiente choza-cocina al lado y una casa comunal que hace las veces de escuela e iglesia, la única presencia extraña, aparte de nosotros, eran algunas misioneras protestantes indonesias que hacían las veces de maestras y enfermeras.
Nuestra llegada a los poblados, el más grande de los cuales no sobrepasaría la cincuentena de habitantes, era celebrada con risas y muestras de curiosidad hacía, sobretodo, nuestra piel clara y nuestro pelo, nuestro abundante pelo en lugares tan “extraños” como el pecho o los brazos. Los niños se encargaban del resto. Nos enseñaban los saludos en su idioma y nosotros en el nuestro. Hola (nayak), gracias (ua), amigo (nagalak), adiós (yogo), bonito (anomatok) y el más curioso de todos: los danis cuando desde un alto ven un paisaje espectacular utilizan un onomatopéyico “ooo”, como si de un sonido de asombro se tratara.
Antes de llegar a un poblado nuestros porteadores entonaban unos canticos para advertir de nuestra llegada. Más tarde me enteré de que se trataba de una manera de pedir permiso para poder hacer noche allí. Dormíamos en una de las cabañas que hacía las veces de dispensario, punto de reunión e improvisada pensión de ocasionales visitas. La cena, al contrario que la comida, que se hacía de manera frugal, era abundante en verduras, arroz y unos exquisitos y enormes cangrejos de rio. Curiosamente la cena era preparada por los hombres ya que las mujeres, muy risueñas y nada vergonzosas, al llegar la oscura y fría noche se retiraban junto con los niños. En ocasiones especiales los papúes cocinan cerdo. Nosotros decidimos probar este manjar y así aprender la manera de cocinar tradicional. Primero vimos como encienden el fuego y debía ser muy parecido a como la hacía el hombre de neandertal. En un agujero calientan piedras y después introducen el cerdo previamente vaciado de vísceras y abierto en canal. Lo cubren con las piedras y con hojas de bananero y lo dejan cocer durante unas horas. El resultado es excelente…
A ambos lados de los estrechos senderos, algunos extremadamente cuidados y adornados, que unen los desperdigados poblados, las mujeres papúes intentan sacar el máximo partido a estas abruptas tierras realizando cultivos de batatas y ñame en las empinadas laderas ayudándose, únicamente, por un simple palo excavador llamado “koa”. Por su parte, los hombres antaño practicaban la caza con arco o segem, sobretodo de pájaros para los que tenían flechas especiales o suap, pero hoy en día su masiva caza ha provocado que especies tan llamativas como el Pájaro del Paraíso sólo pueda avistarse en los más inaccesibles valles de remotas regiones. Hoy e
n día se pasan las horas deambulando cortando aquí y allá florecillas que se colocan en el pelo, en la nariz y en la koteka, ya que son muy aficionados a adornarse con flores, no en vano a algunas tribus los llaman los “Hombres Flor”.
También van casi siempre acompañados por sus preciados cerdos. El cerdo es el símbolo de riqueza para estos pueblos. Cuantos más tengas, más rico eres. Por ejemplo, un muchacho que quiera casarse con una joven debe entregar al padre de ésta cuatro cerdos, que suben a ocho si la muchacha cortejada es albina. Para este pueblo, al contrario que pasa en otros lugares, el albinismo es un símbolo de distinción.
Pese a este exuberante e increíble decorado se puede apreciar una terrible realidad no ajena al visitante. Las costumbres y la forma de vida de estos pueblos y, lo que aún es más grave, incluso ellos mismos están desapareciendo poco a poco. Algunos años después de que Holanda cediera parte de la isla a Indonesia a comienzos de la década de los sesenta, el gobierno del dictador Sukarno puso en marcha el programa de “transmigración” hoy felizmente abolido. Este programa, denunciado por numerosas organizaciones de defensa de los pueblos indígenas como Survival International, consistía en enviar gentes, con atrayentes ayudas, de la superpoblada Java a otras islas del país más “atrasadas” para intentar llevar la civilización de la Gran Indonesia a estos pueblos “salvajes”. Desgraciadamente esto supuso la muerte de numerosos indígenas por enfermedades y, lo que es más terrible, sobre todo por la feroz represión del ejército indonesio, llegándose hasta el extremo de obligar a los indígena
s a vestirse bajo pena de graves castigos. A los nuevos colonizadores el gobierno indonesio les ofreció un trozo de tierra de cultivo, lo que ha supuesto, al cabo de varias décadas, la rápida deforestación de la tercera más forestal del planeta y uno de los bosques más antiguos y diversos de la Tierra, así como la erosión del terreno y la muerte de numerosos ríos por los residuos producidos por las masivas explotaciones mineras. Además, los javaneses copan los cargos públicos de mayor responsabilidad y con mejores sueldos, relegando a las papúes a un segundo plano y destinados a ser, como ocurre con casi todos los pueblos indígenas, simple mano de obra barata.
Afortunadamente, y cuando parecía que estos pueblos estaban condenados a una muerte segura, llegó el denostado turismo y las autoridades indonesias vieron que el modo de vida auténtico de estos “salvajes” atraía a turistas de todo el mundo proporcionando una fuerte e importante entrada de divisas. Por una vez parece que el turismo servirá, increíblemente, para salvar las costumbres de estos pueblos.
Otro de los peligros con que tienen que enfrentarse los pueblos indígenas de Papúa Occidental, y contra los que ni siquiera el turismo puede luchar, es la extensión de las actividades mineras y madereras, a las que los papúes se están oponiendo decididamente. Esta oposición ha ocasionado una sangrienta represión por parte del gobierno indonesio, que ha provocado las denuncias de múltiples organizaciones ya que los asesinatos de papúes inocentes se cuentan por miles. Todo empezó hace varias décadas cuando comenzó la explotación los subsuelos ricos en oro y cobre de la montaña Grasberg por la compañía norteamericana Freeport McMoran creando la mayor mina a cielo abierto del mundo y provocando una destrucción del terreno sin parangón en el mundo. Desde entonces los asesinatos de los AmungMe no han cesado. La población local culpa de estas muertes al ejército indonesio y a los guardas de seguridad de la compañía mi
nera. Además, los supuestos beneficios y compensaciones que debían recibir las tribus afectadas o han sido irrisorios o simplemente no se han recibido, lo que ha obligado a la mayoría de la población a emigrar lejos de sus ancestrales tierras cambiando radicalmente su modo de vida ya que muchos de sus ríos han sido contaminados por miles de residuos mineros. Continuamente se están produciendo levantamientos, cada vez más fuertes, lo que ha provocado una fuerte respuesta de las fuerzas de seguridad de la empresa. Estas revueltas son producto, sin duda, del rencor acumulado en las últimas décadas contra los responsables de la misma por la ocupación ilegal y el continuo abuso de los Derechos Humanos a los que se han visto sometidos los indígenas de las zonas afectadas. Para los AmungMe se trata de montañas sagradas.
El gobierno indonesio ha prohibido, en numerosas ocasiones, el acceso de extranjeros en toda la isla como consecuencia de los fuertes disturbios entre los indígenas y el ejército.
En fin, aunque en los alrededores de Wamena se den espectáculos de papúes que enseñan momias de antepasados y representan escenas guerreras para los turistas como si de una película se tratase, basta alejarse unas horas a pie por los diversos valles y montañas para toparse con gentes que viven como vivía el ser humano hace miles de años.
Toda una clase de antropología viva.
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